Poder,
territorio y desplazamientos en la obra de Carolina Borrero y Lucas Gallego
Sin duda, tengo una manera de pensar el arte mucho más afinada con la idea de que es un dispositivo capaz de agudizar el pensamiento crítico, desmontar ciertas estructuras comunes de percepción y mejor aún, complejizar la relación del espectador con su propia realidad. En efecto, el trabajo que presentaron Carolina Borrero y Lucas Gallego en la Galería 12:00, nos habla justo de esto.
Bajo el nombre de Volver a trazar los mapas, esta
fue una aguda exposición donde los artistas no se limitan a ilustrar
problemáticas sobre el territorio o el extractivismo de la manera convencional,
sino que obligan a reconsiderar, cómo hemos leído el territorio y qué discursos
han determinado históricamente esa lectura, pero desde una “envoltura” como
mencionó en algún momento Luis Camnitzer, que se dirige hacia la agudeza y la
sofisticación. En ese sentido, la muestra evitó caer en la aburrida estética de
la denuncia fácil; sus críticas aparecen desde la reconfiguración de la
materia, la reorganización espacial, y las preguntas que dejan abiertas las
obras.
Por un lado, Carolina Borrero “reflexiona sobre el suelo que se
revela como cuerpo vulnerable y archivo de heridas coloniales que persisten en
la materia”, a partir de un conjunto de obras derivadas del estudio
de los Cerros Orientales de Bogotá, sobre cómo los procesos extractivos de la
piedra y la madera han debilitado la montaña hasta hacerla inestable y
peligrosa para quienes habitan allí, donde aparecen preguntas como: ¿Qué sucede con la
tierra cuando es desplazada hacia la ciudad? ¿Cómo se transforma al
reorganizarse como estructura arquitectónica? ¿Qué formas de resguardo emergen
cuando la materia vuelve a acumularse en otro contexto? Por otro lado, Lucas
Gallego retrata La Jagua de Ibirico en el Departamento del César, donde la
empresa extractiva ha transformado el paisaje, “explorando el entorno que
aparece como estructura reorganizada por infraestructuras, economías y
tecnologías que lo vuelven calculable”, donde su trabajo plantea incisivamente
la pregunta: ¿Cómo transportar una montaña?
Galería 12:00, 2026.
Galería 12:00, 2026.
Formalmente, la exposición alcanzó un nivel de precisión notable. Hay una contención material y compositiva que evita cualquier exceso y que, precisamente por ello, intensifica la experiencia de las obras. La madera, el carbón, las superficies orgánicas y los elementos extraídos del territorio no aparecen como simples recursos simbólicos, sino como materias activas que conservan una memoria física. Desde aquí, es donde se despliega esa noción del arte como comentario agudo y crítico en decisiones formales rotundamente inteligentes, pues mientras muchas exposiciones sobre mapas y territorios recurren a la saturación visual o al documento explícito, Volver a trazar los mapas, apuesta por la depuración y la precisión, y es justamente allí donde se encuentran sus mayores virtudes: hacer entender a los espectadores que la agudeza conceptual también puede habitar la “economía” del gesto y la disciplina material. Entre ambos, gestan una exposición que construye una tensión precisa entre extracción y resguardo, en tanto que no se trata de oponerlas, sino de mostrar cómo coexisten en una misma lógica de intervención. Porque “volver a trazar” no implica necesariamente corregir el mapa, sino exponer sus fisuras: hacer visible aquello que fue naturalizado como línea definitiva, y, por supuesto, cuestionarlo.
Finalmente, uno de los aspectos más afinados de esta exposición se encuentra en la insistencia de ambos por devolver densidad material a lo que el discurso técnico ha simplificado. Así, volviendo a mi reflexión inaugural, ambos artistas parecen comprender a cabalidad el arte no como ilustración de una idea política, sino como un espacio donde la inteligencia crítica puede ejercerse, y donde las formas heredadas de entender el poder, el paisaje y su administración del territorio son puestas en tensión. En este sentido, Volver a trazar los mapas, en la galería 12:00 que se presentó al público hasta el 19 de mayo, apuntó a una pregunta incómoda pero necesaria: ¿Es posible habitar un territorio sin intervenirlo? Aquí, los artistas quizás no responden, pero dejan el terreno simbólica y literalmente abierto; y esto, en un campo del arte saturado de artistas llenos de “verdades discursivas”, es una toma de posición bastante acertada.